Carmen Tórtola Valencia. Entre la realidad y el deseo

REDACCIÓN: Sara Olivas

FOTOGRAFÍA: Autor desconocido

FECHA: 31.VII.2019

Son muchas las mujeres artistas que han vivido escondidas, silenciadas, apagadas por esa luz que, desde lo alto, irradia el patriarcado. Sería infinita la lista de todas aquellas que han quedado relegadas en la historia, pero que, hoy por hoy, aunque tarde, han dejado de verse como fantasía, ilusión y musas para convertirse en lo que realmente son, artistas. Es el caso de Carmen Tórtola Valencia (Sevilla, 1882 -Barcelona, 1955), conocida como la musa que enamoró a los poetas por ser protagonista de los versos de Rubén Darío, Pío Baroja o Vallé Inclán, entre otros, o la Maja del jabón, por ser imagen de muchos productos y marcas de la época. Sin embargo, no hablaré de lo que fue para otros, sino sobre lo que fue, es y será Carmen Tórtola Valencia. 

Nació en el barrio sevillano de la Magdalena, de madre andaluza y padre catalán. A la edad de tres años emigró a Londres con su familia y después a México, donde quedó huérfana. Gracias a una familia de la alta burguesía londinense inició su carrera como bailarina, aunque también fue escritora, pintora y actriz. Sus referentes  fueron Isadora Duncan, la Bella Otero, Nijinsky y Mata Hari. Sin embargo, en poco tiempo, adquirió un estilo propio y diferente. Sus danzas mezclaban elementos fantasiosos provenientes de Oriente con la gracia del folclore español modernista. Fue creadora de la danza del incienso, la bayadera, la danza africana, la danza de la serpiente y la danza árabe, entre otras. Estas danzas desataron la polémica, pues, tras el estreno de su espectáculo Salomé, Tórtola Valencia tuvo que enfrentarse a la Iglesia católica, que consideró el espectáculo indecente e irreverente por mostrar la sensualidad del cuerpo femenino.

Gran parte de su carrera la pasó en Latinoamérica. Actuó en Venezuela, Bolivia y Cuba y fue el 23 de noviembre de 1930 en Guayaquil, Ecuador, cuando decidió abandonar su carrera como bailarina para siempre. Un año después, en 1931, se declaró republicana catalana, un hecho que la marcó profundamente. Ella se codeaba con la alta aristocracia, y se mudó a Barcelona con Ángeles, su asistenta, compañera de vida y amante. Los últimos años de su vida se dedicó a coleccionar grabados y estampas, además de iniciarse en el budismo y el vegetarianismo.

Por todo esto y mucho más, fue una mujer pionera en la defensa de la independencia y la libertad femeninas, y devino para muchos una amenaza contra los valores tradicionales de la sociedad española de la época. Eso le valió que se la compare con Isadora Duncan, Virginia Woolf o Sarah Bernhardt. Como anécdota, cabe destacar que fue también una de las primeras mujeres que se negó a llevar corsé, una prenda a la que ella denominaba “cárcel de los encantos”. 

Murió el 15 de marzo de 1955 retirada en su casa de Sarrià y acompañada por Ángeles, a la que trece años antes había adoptado para acallar los rumores sobre su relación íntima. 

Quiero dormir

No hay dolor. No existe en el vocabulario de quien ya en vida encontró el amor. Aunque débil hoy me encuentre, aunque el tiempo ya pese en mis párpados, aunque ya el eco silbe camino al sueño deshecho por el llanto. No hay dolor. Mi mejor tesoro no tiene cabida en esa caja. En esa caja donde ya no cabe nada. En esa caja que ya nada guarda. Mi mejor trofeo, el corazón del mundo, el corazón del sueño, el calor de unas manos, de unas flores rodeando mi cuerpo, de unos labios que no necesitaron susurrar el último te quiero.

Quiero dormir. Voy a dormir. Acuéstame. Serena la calma, amansa a la fiera cuyo andar felino se escondió bajo la lujuria de unos flecos negros, cálidos, astutos. Aquí me encuentro, habiendo devorado ya la manzana prohibida que alimenta al mito despierto, al mito sagrado. Mientras, en la tiniebla transparente de las faldas, nos escondemos como quien robó el corazón de la República y lo guardó bajo la mesa que cojea, aquella del mantel de terciopelo. Respiro culpa, hija. Acaricia la barriga de Buda. Deséame tuya. Deséame siempre. No me sueltes nunca. 

Quiero dormir. Voy a dormir. Bájame la luna. Hoy brilla más para mí. Abre la ventana. Deja que huela el frío. Deja que entre la noche y me lleve. Ya no bailaré para ti. La promesa se borra como el aliento que muerde los dientes. El velo ya es olvido negro. Mi España ya no me quiere. Me escupe. Me sangra la herida abierta. El corte recto. Muevo el cuello y parece que el mundo se da la vuelta. Me da la espalda. Me niega. Igual que hizo Pedro tres veces antes de que el gallo cantara. Aquí ya no suena nada. Vuelve a leerme el poema, hija. Vuelve a escribirme desnuda con tinta blanca entre las letras de Valle Inclán. Vuelve a sentirme viva cuando los cuervos vigilen mis cuatro esquinas hasta apoderarse del cuerpo humano que ya murió siendo niña.

No lo pierdas. No me pierdas. Que mi legado no muera, que mi piel siga existiendo bajo este colorete rosa cielo, que de mi pecho vuelva a nacer la primavera y que él bombee con fuerza. Tengo un corazón nuevo. Tengo un corazón hecho de malabares y versos, de los poemas que me compusieron, de los escritos que aún nadie ha firmado en mi nombre. Soy la sin rostro. La sin carne. La sin hueso. La del rugido con hambre. La de la furia en barbecho. Quiero dormir. Voy a dormir. Apaga el sol. Bájame la luna. Baila para mí. 

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