FaceApp y mi miedo a envejecer

REDACCIÓN: Judit Herrera

FOTOGRAFÍA: Lienzo rasgado de Johannes Vermeer

FECHA: 14.VIII.2019

Tengo que decir que soy una persona bastante delicada. Los cambios me aterran, y el paso del tiempo despierta en mí una morriña sobrehumana. Además, me ponen triste y me asustan las cosas más absurdas. Si estoy en mi habitación preparándome para dormir y oigo una moto en la lejanía, me pongo triste. No sé exactamente qué es lo que dispara ese sentimiento en mí. Quizá es la soledad de la persona conduciendo; puede que la compasión porque el conductor aún esté despierto y tenga sitios a los que ir, mientras yo descanso; o tal vez el pensar que a esas horas solo se conduce por obligación. Ninguna me convence. 

El paso del tiempo, sobre mi persona y mi entorno, también me despierta mucho abatimiento.

Sin tener nada de eso en cuenta, el otro día me descargué una aplicación, que ahora tiene todo el mundo, que sirve para envejecerse en las fotos. El realismo que se alcanza con sus efectos ha hecho que la aplicación se viralice. A pesar de que se extendió la noticia de que la empresa desarrolladora descarga todas las fotos en sus sistemas, la alarma social no fue tan fuerte como las ganas de la gente de verse vieja. Pero ese fenómeno da para otra historia. 

Yo me aburría esa noche. Estaba recostada en la cama de Andrea mientras ella se ponía al día con el hilo de Twitter sobre la relación de Justin y Selena. Tonterías centennials con las que perdemos el tiempo cuando coincidimos en casa tras un día ocupado. 

Me hice una foto rápida y la subí a la aplicación. Segundos más tarde, me veía con unos cuarenta años más en la pantalla. Me observé detenidamente con terror. La cara se me había desplomado —tengo unas mejillas abundantes, y eso algún día tendrá que caer por su propio peso—, los labios estaban desfigurados, los ojos se habían vuelto minúsculos y arrugados, los párpados totalmente desprendidos. Era una imagen devastadora.

Me empezaron a inundar pensamientos de todo tipo. Recordaba con amargura la frase de Buda: “El problema es que crees que tienes tiempo”. O el soneto XXIII de Garcilaso de la Vega: “En tanto que de rosa y azucena…”. Tenía que exprimir el ahora, y tenía que empezar ya. Comer más sano, volver al yoga, quitarme los complejos, ser más segura, más determinada… ¿Aprender a surfear? En definitiva, agarrarme con fuerza a todos los días que me quedan en este disfraz de mujer joven con el que soy invencible, atractiva, aceptada.

Paralelamente, un amigo había subido una foto con cara de viejo. Estaba horrible, también, pero él se sentía orgulloso. A él no le han enseñado que tiene que temer la edad, que seguir vivo es una lastra. Él sabe que a medida que envejezca, su figura ganará credibilidad y respeto. Él sabe que sus canas serán resultonas. Su cuerpo será inmune al escrutinio. Qué mala pata, la mía. 

Días más tarde, mi amiga Marta me enseñó su foto del futuro, con ilusión. “Tengo cara de que vivo en la montaña y gestiono un centro de meditación”, dijo eufórica, y añadió: “¿Qué estaré pensando en esa época? Quiero hacer sentir orgullosa a esa mujer”.

Me dieron ganas de abrazarla.

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