I. Perder la cabeza

REDACCIÓN: Olivia Tykocki

FOTOGRAFÍA: Jennifer Dahbura

FECHA: 20.VII.2019

María Antonieta se acomoda el pañuelo de seda kinsha, muy apretado alrededor del cuello. Lleva un ampuloso vestido a la francesa que parece haberse escapado del cuadro de Las meninas, rígido y pesado, con encajes de Chantilly y diamantes incrustados en las mangas. Es alta y delgada y tiene el pelo blanco, recogido hacia arriba a lo pouf, al menos de un metro de alto, adornado con medallas y urnas entre las cuales se deja entrever algún que otro insecto. Mama Cass la observa de frente. Están sentadas en el lobby del hotel Perséfone, donde las muertas vivas conversan.

—¿Cómo llegaste hasta aquí?

—No estoy segura, my darling —dice Mama Cass—. Pero para ser el inframundo, tampoco está tan mal.

La prensa dijo que fue a causa de un sándwich de jamón, que se murió ahogada en el suelo de Curzon Street 9 —conocido como el flat de la muerte— porque era tan, tan gorda que no existía otro final que no fuera atragantarse sola y deprimida con un pedazo de pan. Ese es el destino de las obesas mórbidas, como el pathos de Edipo. Una lástima, porque Mama Cass iba a cantar en el London Palladium esa noche y realmente quería salir al escenario. Todavía recuerda los aplausos de los últimos conciertos…

—Llamé a Michelle la noche anterior y le conté sobre las grandes ovaciones que venía recibiendo en el Palladium. Musicalmente fue mi mejor momento. A pesar de los rumores, yo me llevaba bien con The Mamas and The Papas—sonríe—. En fin, querida, me encantaría que almorzáramos juntas, pero desde entonces me duele la tráquea. Es una desgracia no poder comer como antes.

María Antonieta se encoge de hombros y le sirve un poco de té. —Ayer te busqué y no te encontré. En la noche de cine proyectaron esa película que hicieron sobre mí —dice, batiendo sus pestañas transparentes con extravío—. La de Sofía Coppola. ¿La viste?

Mama Cass asiente, dejándose envolver por la nube de vapor que las rodea.—El mundo cambió mucho, ¿no crees? Los niños se comen los sándwiches y después el mundo. Ya no existen las incertidumbres, ahora todo lo saben, todo lo refutan. Guardan el conocimiento del mundo entero en una maquinita.

María Antonieta sigue a lo suyo.—¿Y eso es lo que soy para ellos? ¿Una reina frívola y decapitada? Hay cosas que no son ciertas: nunca dije “que coman pastel”. Mentiras distorsionadas, ¡eso es lo que son! De verdad, para una mujer llamada María Antonia Josepha Johanna von Habsburg-Lothringen, princesa austríaca e hija de la la reina de Bohemia, la guillotina tiene que ser el castigo de los dioses. Narciso se cayó al agua de tanto mirarse, Ícaro voló demasiado alto y quemó sus alas, y yo perdí la cabeza.

Y perder la cabeza también es volverse loca, sucumbir a las pasiones, dejarlo todo por amor… ¿O quizás liberarse? ¿Y por qué será que cuando los varones pierden la cabeza, casi siempre es una justificación? María Antonieta piensa en las vengativas Erinias, la Gorgona, la Medusa, la Hidra y la Esfinge, y se pregunta si acaso ellas también fueron víctimas de las fake news.

—Ayer no me viste porque estaba sentada en el fondo del cine con Annie Oakley y Sylvia Plath— dice Mama Cass, que sirve otra taza de té—. A Sylvia le gustó la película, pero eso es porque ya no espera nada de nadie; la pobre se escapa de la desilusión. Dijo: “Como ángeles que lloran por la gente tonta, hacen lágrimas que se congelan. Los muertos tienen yelmos helados”.

María Antonieta sigue sin prestarle atención.—En la película hay escenas extraordinarias. A mi peluquero Leonard también le hubiera fascinado la flor de jazmín abriéndose tan pausadamente en una taza de agua hirviendo y pareciendo más un monstruo marino que hierbas de té. Leonard me ponía flores en el pelo y escondía minúsculas botellas de agua entre los rulos, para humedecer las flores y que parecieran recién cortadas. Era un visionario… ¿Qué opina Sylvia de la posvida en el hotel?

—Lo mismo de siempre, que morir es un arte y que nosotras, las mujeres, lo hacemos bastante bien. ¿Es verdad que te decían l’autre-chienne porque tenías muchos amantes?

María Antonieta abre los ojos, escandalizada.—¡Me lo decían por austríaca: autrichien! Piensa tú que me obligaron a casarme a los catorce. ¿Qué iba a hacer yo en ese momento excepto soñar con ropa, amores imposibles y pasteles?

—Podrías haberle prestado más atención a tu gente. La edad no es siempre una excusa. A los nueve años yo les llevaba galletas a los niños sin techo.

—Es muy fácil revisar los hechos cuando ya sucedieron. Ahí somos todos oráculos, ¿no? Pues en vez de darle galletas a los homeless deberías haber dejado de comerlas.

Mama Cass se levanta furiosa y vuelve a sentarse. Empieza a sonar Dream a Little Dream of Me, y María Antonieta, acalorada, se ventila efusivamente con su abanico rococó, tanto así que el efecto del viento de pronto enlaza la llama de las velas y se le prende fuego al pelo. Un pouf y toda ella se vuelve una antorcha. Los insectos que ahí vivían salen disparados y caminan por su rostro, bajan por el escote y se lanzan buscando refugio dentro del té, aunque algunos muestran un comportamiento extrañamente pirómano y arden en las llamas. María Antonieta grita, chilla y sacude las manos como una chica Almodóvar, al mismo tiempo que Mama Cass se empieza a atragantar. Y entonces, por el peso del pelo y el efecto del fuego, el pañuelo de seda se desprende, y la cabeza de María Antonieta cae rotunda sobre la mesa. La urna que llevaba de adorno —y contenía las cenizas de la propia María Antonieta— ahora rueda como una moneda, esparciendo las cenizas sobre el pantalón de Mama Cass.

—Uy, yo no pedí esto —dice la cabeza de María Antonieta, mirando el té—. ¿O sí? ¿Dónde estamos?

—En Perséfone, child.

—Qué perspectiva más curiosa. Desde aquí veo que mis pechos son mucho más respingones de lo que pensaba.

Mama Cass se acerca a ella y le calza la cabeza como si se tratara de un bote de conservas, apretando muy fuerte el pañuelito de seda alrededor de su cuello, casi envasándola al vacío, como para evitar otra desgracia. Luego de recomponer a María Antonieta —contradiciendo la historia de la decapitación—, Mama Cass se sienta otra vez.

—Lo del sándwich es un invento —dice Mama Cass mientras se limpia las cenizas que quedaron en el pantalón—. Fue un ataque al corazón. Odio las dietas y odio ser gorda, pero vamos a decir la verdad: en mi tiempo los consolaba más pensar que había muerto por gorda y no por hacer dieta, como en realidad ocurrió. Debo confesarte, autrichien, que en ese momento comía solamente dos días por semana.

—Yo con tal de espantar a Luis XVI de la cama, le ponía pimienta en las partes íntimas mientras dormía. Por eso tardamos siete años en consumarlo.

Las mujeres se ríen.

—¿Por qué brindamos?

—Por perder la cabeza.

Chocan las tazas de té, celebrando la eternidad. Afuera del hotel, en la entrada detrás de las vallas, escuchan gritos y susurros.

—¿Y eso? —pregunta Mama Cass—. ¿Serán mis fans?

—Son las maldiciones del pueblo, armados con picos y cuchillos. No puedo creerlo. Me vienen a buscar otra vez.

Las dos permanecen en silencio y se dan cuenta, para dicha de ambas, de que no se trata ni de los fans ni de los revolucionarios, sino de la llegada de la actriz sueca Bibi Andersson, que asciende al hotel Perséfone envuelta en blanco.

God eftermiddag.

—Bienvenida, señora Andersson.

Vart tar du mig?

—Otra más —dice María Antonieta—. ¿La mandarán con las actrices de Hollywood?

—Una nunca sabe. Las diputadas de la mesa redonda últimamente toman decisiones irracionales.

La mesa redonda está conformada por las más altas y encumbradas huéspedes del Perséfone, formando el congreso de las diputadas. ¿Son ellas las que verdaderamente toman las decisiones? María Antonieta no está segura. Después de su experiencia con la corte francesa, le cuesta confiar en las estructuras políticas.

—Ojalá no la lleven al piso dieciocho. Ya tengo suficiente con Guillermina de Prusia y Mary Shelley.

Mama Cass y María Antonieta pasan al bourbon y observan cómo las diputadas de la mesa redonda se acercan a Bibi Andersson y la ayudan a ascender.

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